Cada año cuando nacemos repetidamente nos miramos fijamente al espejo para ver si una nueva arruga floreció en la frente, o si las ojeras están un poco más coloridas de ese negro vejez. No lo queremos admitir, nos lo guardamos, pero nos da pánico encontrar algo nuevo que nos indique nuestro nuevo número.
Ahora, yo, personalmente no me mortifico por esas trivialidades pasajeras. Eso de números nunca me ha asustado, es más, adoro sentirme un poco más vieja. No soy como esas mujeres que andan aterradas por decir la edad que tienen, para ellas es como una cruz a cuestas, acción divertidísima para mis ojos.
Yo prefiero ser sincera conmigo misma cuando me paro frente al espejo, aunque siempre me veo con la misma cara de carajita que tengo, además que eso de la adultez o vejez es algo muy remoto para mí. Quienes me lean dirán que ya estoy realmente vieja porque estoy a sólo 5 años de tener 30 (ya revele el número mágico de la tarde), pero si me conocen o han visto como mi mirada se pierde entre los colores de una tienda de juguetes, sabrán que todavía tengo 10 años.
Sí, me siento una eterna carajita. Esta es mi sincera realidad. Aunque nunca me han gustado mucha las caricaturas del ratón y el gato, y tampoco las historias del conejo y el bravucón, me considero una carajita por perderme al vislumbrar cualquier atractivo insignificante para el resto de las personas de mi edad.
Una anécdota lo describirá: Me encontraba en una tienda famosa entre farmacias por tenerlo todo. Como es época de Halloween en el mundo, vi una cierta colección a la venta de calabazas de colores, un tazón para los caramelos. Mi mirada se quedó observando esa cara malévola pero divertida de la calabaza de plástico. Sentí ganas de comprarla sólo por mera diversión. Era feliz viéndola, porque me recordaba lo bueno de la vida, ¿qué es? Ni idea, sólo lo sentía así. Simultáneamente, un pequeño de no más de 10 años de edad, estaba en lo mismo que yo, abismado con aquel tazón que ni ciencia tenía en lo más mínimo, pero el al igual que yo, sentíamos alegría al ver esa carita de calabaza. Debo decir que la hubiese comprado si plata suficiente hubiese tenido, pero no había nada.
Me refiero a que no soy una mujer de 25 años, los tengo obviamente, soy feliz cumpliéndolos, pero estoy muy lejos de sentirme como tal. Soy feliz alegrándome por las cosas menudas de la vida, por tonterías y por caras felices de esas amarillas. Pero no todo el tiempo me siento así, como cualquier pequeño la depresión nos alcanza y nos severos correazos, de esos que duelen más que los de papá y mamá.
Tampoco soy consentida, aunque sí malcriada, pero cuando la oportunidad se presenta, como buena carajita se tomar lo que me dan y alejar lo que está de más.
Estuve pensando cómo escribir esto. Para qué serviría y por qué es necesario. Es mi desahogo y regalo, porque no le escribo a los quizás lectores, me escribo a mí, para felicitarme por todo lo vivido, para darme una palmada por la espalda por haber aprendido lo que me costó tanto aprender y sobre todo para felicitarme por todavía maravillarme de las tonterías y estupideces de la vida, como aquel tazón de calabaza.
Creo que mi no envejecimiento radica en no ver noticias de política, economía o tecnología. No buscó a ningún chavista para mandarlo al cerro de la desgracia, ando pelando bola pero me aguanto hasta el pago o hasta que mamá o papá manden un pedazo y tampoco me interesa el bendito problema de los BlackBerries o manzanitas táctiles, uso Nokia y me alejo de esa peorrera.
Hoy es mi cumpleaños, sola estoy con un solo abrazo de mi cuento de Disney, sin regalos que desempacar ni muchos besos que recibir, quizás es mi cumpleaños más solitario, pero soy feliz de saber que puedo ser completamente feliz sin que miles de personas hagan colas para darme el merecido apapacho. No niego que lo que hace falta es la tradición de los lazos, paquetes y abrazos, pero para eso estoy yo aquí, diciéndome que estoy viva aún, dándome palmadas en mi hombro para no dejar de sonreír, aunque a veces sea difícil y prefiera amargar mi rostro hasta transformarlo en una cara de trasero.
Tantos cumpleaños, tantos llantos por no recibir piñata, tantos abrazos hipócritas y tantos abrazos sinceros. Vaya vida vivimos y vaya que la desperdiciamos, hablando de cosas que el mundo prefiere que nos olvidemos para que cuando sea la hora de partir, sintamos que todo valió la pena, pero la política, economía y tecnología nos alejan constantemente de sentirnos aliviados cuando muramos. Eso sí que está mal.
Pero mientras, yo estoy bien, recuerdo con alegría todas esas tortas picadas, algunas de pizza y otras con más cerveza que dulce, y sonrío al hacerlo, porque en mi cuarto de siglo como diría mi madre, he vivido más de lo que he soñado, aún falta mucho, espero y sea así, pero en ese tiempo estaré aquí al lado de las teclas de este ordenador, tipiando mi vida y mis aventuras, para ver si algún día Dios me regala eso que él tiene pendiente conmigo. Ese sí que será mi mayor cumpleaños. Pero mientras acá sigo, un poco más vieja y más carajita que ayer.
A.M


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